RUTA 66. DÍA 16: LOS ANGELES. FIN

Hoy decidimos saltarnos el desayuno del motel y nos vamos directos a «Ihop«, un restaurante donde sirven, a mi juicio, unas de las mejores tortitas de Los Angeles. El local es famoso por aparecer en la película «Yo soy Sam», donde el protagonista era un incondicional de sus desayunos.

Tras esperar el cuarto de hora de rigor para poder entrar, una simpática camarera nos acomoda junto al ventanal. A nuestro lado, una familia de hispanos devora unos enormes sandwiches, mientras el hijo mayor trata a duras penas, de enseñarle a su madre el funcionamiento de su iPhone.
Pedimos un revuelto con salchichas, tortillas y café. La fila de la entrada continua creciendo. Nuestros estómagos hacen la ola, soy consciente de la dieta depurativa que van a sufrir en cuanto volvamos a casa, pero no es hora de «aguarles» la fiesta.
Me levanto como puedo de la silla y me acerco al mostrador para pagar. Hemos entrado aquí delgados y hambrientos y salimos prácticamente rodando. Antes de meternos de nuevo en el coche, un enorme avión planea muy bajo, tengo que mirar un par de veces para confirmar que no quiere aterrizar en medio de la avenida.

Le decimos al GPS que nos lleve directos a Santa Monica, concretamente a la «Promenade Street». En poco menos de media hora, nuestro coche descansa en un Parking público.
La Promenade es la principal calle comercial de Santa Monica. Una vía peatonal plagada de tiendas, restaurantes y artistas callejeros.
Me froto los ojos varias veces, no, no estoy soñando, hay un perro que es capaz de desplazarse en monopatín. Un diminuto chucho de cara simpática, empuja y mantiene el equilibrio a la perfección sobre la tabla. La gente mira atónita la escena dejando unos cuantos dólares en una lata de conservas. Los Angeles consigue sorprenderme de nuevo. Me hubiese quedado aquí todo el día viendo al perrito subir y bajar del monopatín, pero Mery todavía no ha conseguido sus chanclas, así que seguimos con la misión.

 

En uno de los bancos, mi mirada se cruza con unos ojos que me resultan familiares, se trata del joven Peter Pan; un muchacho que hace dos años ya estaba aquí, y aquí sigue, realizando formas imposibles con un puñado de globos de colores. Peter sigue igual, la vida le ha tratado bien, bueno, todos sabemos que Peter Pan es eternamente joven. Nosotros hemos envejecido dos años, con más barba, alguna arruga sin importancia, pero nuestro espíritu sigue igual de joven que el bueno de Peter.
Entramos en una tienda friki a curiosear. Allí me encuentro por sorpresa con una enorme figura de «Jax Teller»; el protagonista de Sons of Anarchy, y otra del mismo tamaño de Walter White; protagonista de Breaking Bad. Nuestras dos series favoritas del mundo mundial. Ambas figuras por menos de sesenta dólares. Hace unos meses vimos la de Walter White en un Fnac, no recuerdo exactamente en cual, pero rondaba los setenta euros, así que es una oportunidad única.
En una tienda deportiva, Mery al fin encuentra sus ansiadas chanclas Nike. Si, venir a la Promenade Street ha resultado ser bastante rentable.

Una estupenda versión del «Sweet child of mine» recorre la calle y me golpea de lleno en la cara. Me acerco a la multitud tratando de ver quien toca la batería de esa forma. Cuando mis ojos dan con la banda no doy crédito, imaginaba que sería un grupo de tres o cuatro melenudos o un par de hipsters,,, pero no, se trata de un padre con sus dos hijos. El padre canta y toca el bajo, el hermano mayor (que no pasará de los trece años) se hace con la guitarra y el más pequeño toca la batería con un desparpajo increíble, un mocoso de apenas siete u ocho años que hace unos redobles de tambor alucinantes. Sus ojos son ligeramente rasgados no sabría adivinar si son Hawaianos o Filipinos.

El desayuno del Ihop se ha desintegrado por completo de nuestro cuerpo, dando paso al monstruito «comecaca» que se ha instalado en nuestro estómago desde que pusimos el pie en suelo americano. Dudamos entre ir a comer un par de porciones de pizza u ofrecer una tregua a nuestro cuerpo y tomarnos una ensalada…. quince minutos después estamos en una mesa con vistas al paseo con una enorme y grasienta porción de pizza escurriéndose por nuestras manos.
La sociedad americana camina frente a nuestros ojos: Un mendigo rebusca en la papelera algún resto de comida con la que saciar el hambre. Dos chicas con cabellos dorados charlan animadamente con las manos llenas de bolsas, parecen las típicas chicas monas de serie de instituto americano, con un aire muy «Kelly» de la mítica «Sensación de vivir«. Una familia de mexicanos caminan entre carcajadas devorando a la vez una hamburguesa, a la que paso a paso, se le van cayendo todos los ingredientes. El perro de la anciana que camina justo detrás de ellos se pone fino de lechuga, ketchup y trozos de carne.

Decidimos ir a tomarnos el postre a Venice. Mery quiere probar los famosos Funnel cakes; un típico postre americano muy popular en los Estados Unidos y que curiosamente, todavía no hemos probado (y mira que hemos comido caca).
Nos hacemos con un plato de Funnel cakes en Daddy and sons. Este restaurante es un filón, no solamente hacen la mejor pizza de América, también tienen una gran carta de postres.

Nos sentamos en una de las gradas de la cancha de basket. El postre está increíble, uno de los platos más exquisitos que he probado nunca. Estos americanos saben bien como hacerle la puñeta a las dietas sanas y equilibradas. ¿Por qué todo lo que está rico tiene millón y medio de calorías? Pregunta que me lleva a plantearme el futuro. Yo en España como bien, trato de hacer una dieta saludable, dejando a un lado todo este tipo de porquerías y limitando el consumo de comida basura a un par de veces al mes como mucho (a veces ni eso). Cuando veo a todos estos americanos de doscientos kilos caminar tan felices con las manos y las barrigas llenas de grasa, pienso en si no estaré enfocando bien mi vida. Como podéis comprobar, me estoy «americanizando» a pasos agigantados.
En la pista de basket, el equipo de los «negratas» con aspecto de pandilleros, da una ma